Oaxaca, pueblo que jamas ha vuelto a ser el mismo

Oaxaca, Oax.- Las paredes de la ciudad todavía guardan vestigios de aquella primera batalla que detonó el conflicto de un año fatídico; que trastocó la vida social, la metrópoli, al gobierno, pero sobre todo, trastocó la conciencia de la sociedad, que jamás ha vuelto a ser la misma desde el 14 de junio del 2006.

Independencia, El Zócalo, García Vigil, 5 de Mayo y todas las calles del Centro Histórico capitalino, sirvieron de escenario para decenas de enfrentamientos entre “la gente” y el gobierno. A cinco años de distancia, la APPO, la verdadera Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca, luce seccionada, hueca, sin la esencia que caracterizó su origen: la unidad de diversas agrupaciones para derrocar a Ulises Ruiz Ortiz.

Nadie quedó exento de la madrugada del 14 de junio de hace cinco años; personas que pasaban por el Zócalo, otros más que se dirigían a sus trabajos y sobre todo, quienes acampaban en el lugar, vivieron el primero de mucho infiernos, cuando Ulises Ruiz Ortiz, entonces gobernador del estado, ordenó el desalojo de cientos de profesores de la Sección 22 del SNTE.

Los artífices del agresivo operativo, que quiso sorprender a los mentores minutos antes del alba, nunca imaginaron que el enfrentamiento no sería sólo contra los maestros, sino que la irrupción policial despertaría la indignación de la ciudadanía, que hastiada por casi un siglo de priísmo añejo en la entidad, salió a las calles a defender su orgullo y su ciudad.

El sórdido tableteo de un helicóptero sobrevolando el Zócalo, anunció la incursión. La estrategia policial, tras horas de refriega, fracasó.

Huyendo despavoridos, cientos de policías se alejaron derrotados de la batalla.

LA MALA ESTRATEGIA

Poco antes de perder la vida recientemente, el comandante de la Policía Estatal Preventiva, José Alberto Vásquez Sosa, en una charla, narraba aquel primer enfrentamiento.

“Nos mandó al matadero el comandante Vera Salinas”, narraba de entrada Sosa, refiriéndose a José Manuel Vera Salinas, quien en aquel año fungiera como director general de Seguridad Pública.

“Faltó estrategia. Yo estaba con mi gente aguantando en la calle de Armenta y López, no nos iba bien y sólo aguantamos; por eso le decía a Vera que teníamos que replegarnos y le sugerí que lo hiciéramos hacia el Periférico, planteando varias calles, pero en lugar de aprobarlo, me dijo que dejara ahí a mi gente y que me fuera a apoyar a los que estaban por el Monte de Piedad”, señaló.

“Cuando llegué, ya los tenían copados. Luchamos un rato, pero fue demasiado. Estaba reciente una fractura de columna que había tenido, así que no estaba en pleno y ya había compañeros capturados y otros más lesionados. De pronto, empezó la desbandada y pues, a correr”, narraba Sosa.

Dotado de un tanque de gas, el comandante Sosa explicó que lo tomó y corrió por la calle de Independencia rociando a quien se le pusiera enfrente: “Me llovían piedras, golpes, palazos, me ponían el pie, pero no me importó, seguí corriendo hasta que los dejé atrás”.

Tras la corretiza, el comandante llegó al Periférico capitalino, a la avenida Símbolos Patrios; “muchos compañeros ya estaban ahí; huyeron como pudieron y empezamos a tomar camiones y taxis y una que otra patrulla rumbo al cuartel”, señaló.

Esa primera victoria de la gente, en aquel momento en que no existían líderes oportunistas, ni intereses políticos, marcó la derrota más amarga para Ulises Ruiz, quien se incrustó en la memoria de la ciudadanía, como el tirano que se aferró a la silla.

En varias megamarchas, la gente conformó la APPO; a través de la estrategia de “guerrilla urbana”, se colocaron barricadas en calles de la ciudad. Así, entre azar y escasez, la gente salió de sus hogares, poco a poco, para tomar las calles, para apropiarse de su ciudad.

La toma de las estaciones radiofónicas de la capital, sirvió para alertar y movilizar a los llamados “appistas”. Los aparatos puntualizaban los lugares en donde se reportaba la presencia del “enemigo”.

“¡Compañeros! Acaba de llegar el reporte de camionetas con sujetos armados en las inmediaciones de la barricada de 5 Señores”, pronunciaba atropelladamente la voz oportuna de la doctora Berta Muñoz, quien involuntariamente se convirtió en la voz de alerta de la APPO, transmitiendo desde los micrófonos de Radio Universidad.

LAS CARAVANAS DE LA MUERTE

La creación de “las caravanas de la muerte”, fue uno de los golpes más bajos del gobierno estatal, el cual selló la “guerra sucia” con matones a sueldo que recorrían las calles de la ciudad, por las noches, a borde de camionetas.

Porros, ex porros, criminales, pistoleros, policías y hasta reporteros faltos de ética, viajaban a bordo de las camionetas que dejaban una estela de muerte, terror y sangre por donde pasaban.

Ese año aciago, el Cerro del Fortín no recibió a las delegaciones de cada región; ese año, la fiesta de la Guelaguetza se celebró con el pueblo, de donde nunca debió salir, dijeron entonces los “appistas”.

Casi seis meses pasaron de un estado con una economía paralizada, con unos políticos indiferentes, una capital en que las escenas de policía, barricadas y automóviles quemados, se combinaba con la exquisitez de la arquitectura barroca y colonial, una conjugación peculiar.

Si bien fue el 14 de junio la fecha en que todo inició, el 25 de noviembre, fue la fecha que causó la herida más profunda en Oaxaca, una herida que no cicatrizó: la incursión de la Policía Federal.

La insensibilidad del gobierno federal, ante el desconocimiento de lo que sucedía en Oaxaca, originó una camorra que se extendió por toda la capital, cuando los uniformados federales arrasaron con todo lo que significaba la APPO; pero el dolor más grande fue causado al arrebatarle a su gente al movimiento.

DELINCUENTES DE ALTA PELIGROSIDAD

La sensación de muchos de quienes participaron en el 2006 es de frustración, de indignación y rabia, al saber que ha pasado un lustro en el que la justicia ha echado la mirada a un costado del camino.

Cinco años en que la sociedad vivió una justicia de consigna, que inventó cargos y que calificó de “delincuentes de alta peligrosidad” a 142 personas que pasaron varias semanas en el penal de Nayarit, entre asesinos, ladrones, secuestradores y demás infractores y sólo, por haber peleado por lo que creían.

“Las heridas todavía están abiertas y sangran. El único remanso lo encontraremos en la justicia. Queremos ver a los autores intelectuales y materiales tras las rejas; no hay más calma ni justicia que el castigo”, pide uno de los participantes de aquel 2006 que se va haciendo lejano, sin que nadie sepa hoy en dónde están los culpables.

“Yo no pertenecía a la APPO…”

Porfirio Domínguez Muñozcano, ahora presidente del comité de familiares de los desaparecidos, asesinados y presos políticos de Oaxaca (Cofadappo), fue víctima de “una confusión” por parte de los efectivos federales.

“Yo no pertenecía a la APPO, soy arquitecto y ejercía mi profesión; ese día (25 de noviembre) fui a imprimir unos planos a un negocio que ya no existe, estaba a un costado de la Proveedora sobre Reforma, eran como las seis de la tarde”, puntualiza.

Prosigue: “Guardé los planos y regresé rumbo a mi coche que había dejado estacionado a un costado de la hemeroteca. Cuando estaba a punto de subirme a mi coche, los policías me rodearon, al parecer pensaron que el portaplanos era una “bazuka” y sólo recuerdo que me dieron dos toletazos en la cabeza y quedé desmayado”.

El arquitecto señala que despertó unas tres horas después, con las manos atadas y boca abajo en la explanada del Zócalo, junto a los otros 142 detenidos ese mismo día.

“Había mujeres, ancianos y niños, todos sentados o acostados ahí. Como a las dos o tres de la madrugada, nos empezaron a arrear a unas camionetas y nos llevaron al penal de Tanivet, donde recibí una valoración médica por primera vez”.

Con el rostro desfigurado y con cicatrices que le recuerdan todos los días aquella fecha, Porfirio Domínguez Muñozcano asegura que los policías lo siguieron golpeando mientras se encontraba inconsciente, pues le provocaron varias fracturas en el rostro, en donde le tuvieron que colocar una prótesis metálica.

Al día siguiente, con la sangre seca sobre la cara y ropa, lo subieron a un autobús junto con los demás detenidos; tendrían como escala el aeropuerto oaxaqueño y como destino el penal de Nayarit, pero de todos, a él le ordenaron que bajara del autobús y lo internaron en el Hospital Civil, todo, por la severidad de la lesiones.

Fueron casi 20 días encarcelado y dos años de libertad condicional, en los que cada mes regresaba a Tanivet a firmar por una acusación que nunca fue.

Durante los casi seis meses de una ciudad fracturada, la población en general había mostrado su apoyo incondicional a la APPO, aportando comida, litros y litros de Coca-Cola y vinagre para combatir el efecto de los gases; el 25 de noviembre no fue la excepción, pero todo parecía demasiado tarde.

La calle de los zapatos

Azucena, una mujer simpatizante de la APPO aunque sin que militara activamente, aporta su anécdota de ese día, en el que la zozobra fue lo que dominaba en las calles, en donde la policía se apoderaba de una ciudad que nunca les perteneció.

“Salí de mi casa, en la colonia Reforma, como a las siete de la noche. Había comprado Cocas y vinagre para llevárselos a la gente. Traté de entrar al centro, pero un chavo me dijo que ya estaba duro el desmadre, que mejor me regresara y que fuera a dejar el apoyo al templo de Los Siete Príncipes.”

Luego de dejar el refresco y vinagre en el campamento regresó a su casa, en donde ya la esperaba su hermano, quien apresurado, le pidió que lo acompañara a buscar a sus amigos que andaban en el enfrentamiento.

Nuevamente salieron de la casa, doblaron sobre la Calzada Héroes de Chapultepec, pues los esperaban dentro del hospital del IMSS.

La calle estaba completamente poblada por personas que portaban uniformes policiales; unos de ellos disparaban balas de goma contra un grupo de personas que se apiñaba en una esquina sin trincheras. Un sabor amargo a frustración recorría la garganta de Azucena y su hermano, que sabían que no podían hacer nada por ayudar a sus compañeros.

Al ingresar a la calle en donde se encuentra el acceso a “urgencias” del hospital, suplicaron al guardia que los dejara pasar, quien luego de un rato les confesó que no podía, porque muchas personas estaban ocultas y podía entrar la policía.

Finalmente, tres personas salieron del nosocomio y abordaron rápidamente el auto compacto. Dos de ellos eran desconocidos, pero compañero de lucha. Uno de ellos, pidió que fueran a buscar a otro del grupo, que había quedado perdido en medio de la corretiza.

Lentamente, el automóvil salió a la gran avenida y subió hasta la colonia La Cascada, en la que lo buscaron por unos minutos sin encontrarlo; después, regresaron a Héroes de Chapultepec.

Sobre el asfalto de la avenida, decenas y decenas de zapatos abandonados permanecían inmóviles. Cada uno había sido abandonado en medio de la refriega. Sus propietarios, huyeron descalzos, angustiados, asustados, escaparon inocentes.

La oscuridad, la calma aparente que trataban de brindar los policías, el olor a pólvora y a gas pimienta, las manchas de sangre por todo el camino, erizó la piel de los pasajeros del coche, que observaron desde la ventanilla el recorrido agónico por la calle en donde sus compañeros habían sido golpeados, detenidos, humillados.

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