Sacco y Vanzetti, a manera de homenaje


RICARDO ROJO 

29/08/2016

El escritor Howard Fast, en el epílogo de su obra “La pasión de Sacco y Vanzetti” (Editorial Siglo XXI, 1960), relata la anécdota sucedida en el Club Athenaeum, al que pertenecían hombres como el rector de la universidad, que decidió finalmente la suerte de Bartolomeo Vanzetti y Nicola Sacco, cuando se descubrió que en todas las revistas y diarios de la sala de lectura se había insertado una hoja de papel en la que se leía: 

“En este día, Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, soñadores en la hermandad de los hombres, que esperaron poder encontrarla en los Estados Unidos, fueron cruelmente asesinados por los hijos de aquellos que hace mucho tiempo huyeron a esta tierra de esperanza y libertad”. 

El 23 de agosto pasado, se cumplieron 89 años de la ejecución -en la silla eléctrica- de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, dos obreros inmigrantes italianos anarquistas que llegaron a EE. UU en 1908, como muchos ciudadanos del mundo, que buscan mejorar sus condiciones de vida y de trabajo en “la tierra prometida” (palabras de Vanzetti). Fueron acusados, detenidos, juzgados y condenados a muerte por un asesinato doble que no cometieron, durante un robo a una fábrica de zapatos, en el estado de Massachusetts, en 1920. 

El asesinato “legal” de estos dos obreros socialistas no fue un error, tampoco una falla ingenua del sistema de justicia de EE.UU, se cometió apenas finalizada la primera guerra mundial y como parte de la política de odio de la derecha recalcitrante en el poder contra los inmigrantes, las masas pobres y los luchadores sociales de aquella época. A esta campaña de odio contribuyeron prensa y radio, esquiroles y soplones, pagados por los empresarios para detener el avance de las ideas comunistas y la organización del movimiento obrero.

Fue, ni más ni menos, la demostración de un poder brutal sobre la libertad de las ideas y las aspiraciones legítimas de la clase trabajadora, un acto irracional de intimidación de una minoría de privilegiados contra la dignidad y la justicia.

Sacco y Vanzetti fueron arrestados en la madrugada del 5 de mayo de 1920, cuando la policía de Massachusetts buscaba a otra persona, pero al llegar a la jefatura de policía, no se les interrogó sobre su probable participación en el doble asesinato, sí en cambio sobre sus actividades políticas. “¿Son ustedes socialistas? ¿Son comunistas? ¿Son anarquistas?” (Tomadas del juicio), los inquirieron para iniciarles un proceso judicial que luego los convirtió en responsables del crimen con señalamientos pusilánimes de testigos falsos. “Si, son ellos, los reconozco por su tez morena”, “yo los vi, parecían italianos”, “corrían, huían como extranjeros”, “no los vi bien, pero puedo afirmar que si son los asesinos” (tomadas del juicio).

Los detenidos estaban sorprendidos por la celeridad del proceso y la descarada violación de sus derechos; y como nunca se imaginaron que serían acusados de asesinato, debido al interrogatorio inicial que les hicieran, jamás negaron su militancia anarquista pues pensaban que ocurriría lo de siempre: serían fichados, golpeados, amenazados con la deportación y advertidos por su condición de “rojos” (expresión utilizada por los fascistas contra los luchadores sociales).

Tras recibir la sentencia de muerte, Vanzetti declaró: “Nunca pensamos en toda nuestra vida haber podido hacer tanto por la tolerancia, por la justicia, por el entendimiento entre los hombres, como (hemos) hecho ahora por casualidad ¡¡¡Nuestras palabras, nuestras vidas, nuestros dolores, no son nada!!! Las vidas que nos quitan, vidas de un buen zapatero y de un pobre vendedor de pescado, eso es todo. El último momento nos pertenece, la agonía es nuestro triunfo”. 

Antes de cumplirse la sentencia, Vanzetti escribió once cuartillas de lo que puede decirse significa su autobiografía, aunque él lo niega diciendo “soy un anónimo yo mismo, en el montón de los anónimos”. En su escrito, Vanzetti presenta resumida y magistralmente la historia de su vida, la vida de un proletario, como él mismo se describe.

Solo acudió a la escuela de los seis a los quince años de edad, pero tuvo la fortuna de convivir con personas educadas, que con su ayuda estudió cuanta publicación caía en sus manos. Fue católico ferviente, pero poco a poco abandonó su fe religiosa para profesar el socialismo gracias a la influencia de sus amigos. “Fue tan real el efecto del ambiente que yo también comencé a amar el socialismo sin conocerlo, creyéndome yo mismo un socialista”, escribió. 

Por su parte, Nicola Sacco nació y vivió en Italia, en la provincia de Foggia, hasta los 17 años de edad. Llegó a EE. UU desconociendo todo lo relacionado a temas políticos, incluso pensaba que podría aportar sus esfuerzos en el partido republicano, en nombre de sus ideales por una república democrática. Tiempo después se convirtió a las ideas libertarias trabajando apasionadamente en la organización de mítines y conferencias de las agrupaciones socialistas y anarquistas.

Sacco expuso al mundo la función clasista del sistema judicial norteamericano: “No hay justicia para los pobres en América! … ¡Oh, compañeros míos, continuad vuestra gran batalla! ¡Luchad por la gran causa de la libertad y de la justicia para todos! ¡Este horror debe terminar! Mi muerte ayudará a la gran causa de la humanidad. No palidezco ni me avergüenzo de nada; mi espíritu es todavía fuerte. Voy a la muerte con una canción en los labios y una esperanza en mi corazón, que no será destruida…”

El 18 de octubre de 1921, antes de ser conducidos a la silla eléctrica suscribieron una carta de la cual comparto sólo unos renglones: “Hemos sido erróneamente condenados por un atroz asesinato que otras personas cometieron (…) Si vamos, a la silla eléctrica iremos, no porque se haya demostrado que somos culpables del delito que se nos atribuye, sino por nuestros ideales. E iremos, permaneciendo fieles a nuestros principios, los cuales, si hoy son rechazados y combatidos, mañana dominarán la vida”.

Ricardorojo7819@yahoo.com.mx

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